Sonetos eróticos de Miguel Rasch Isla

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1.

RITO ORGIÁSTICO

De pámpanos y rosas coronada la frente,
y de ojeras cercada la pupila sombría,
la bacante desnuda resplandece en la orgía,
como viva columna de alabastro luciente.
Espuma en los cristales el licor. De repente
ella erige una copia con ritual gallardía,
y ante el coro entusiasta que la aplaude y ansía,
sin pudores la vuelca sobre el seno turgente.
El licor se desborda por el busto de flores,
y una red de collares y un cendal de fulgores
improvisa a lo largo de su cuerpo felino.
Un mancebo se llega con orgullo a la hermosa
y —postrado a sus plantas— con delicia morosa
liba, al borde del sexo, los rezagos del vino.

2.

LA ENEMIGA

Cruzaste junto a mí. Fulgió en tu dura
mirada una expresión luciferina,
y lo mismo que el áspid a la encina,
se enroscó mi deseo a tu cintura.
No sé si fue placer o fue tortura,
más al verte desnuda en mi retina
sentí que causa vértigo y fascina,
como los precipicios, tu hermosura.
Te alejaste dejando en el ambiente
el olor con que siempre nos acosa
la manzana que brinda la serpiente.
Y comprendí que guardas codiciosa,
para festín de un púgil reincidente,
tu ensimismada doncellez ociosa.

3.

FUENTE VIVA

Por los prados gemelos de tus muslos apura
su linfa una penosa fuentecilla sangrienta,
que surte de la gruta donde el áspid alienta
y donde abre su insana floración la locura.
Nace en las plenitudes de tu propia hermosura,
y tu misma ardorosa juventus la sustenta,
y ella cubre en su marcha, secretísima y lenta,
de claveles purpúreos, senderos de blancura.
Cuando ofrezcas tus labios en la noche de boda,
verás que, como el agua fluvial por las montañas,
cruzan tu ser raudales que te fecundan toda.
La fuente que hoy te mancha parecerá extinguida,
más irá elaborando, callada, en tus entrañas,
el fruto inagotable del árbol de la vida.

4.

EDÉN DE LOS EDENES

En la grata penumbra de la alcoba
todo, indecisamente sumergido
y ella, desmelenada en el mullido
y perfumado lecho de caoba;
tembló mi carne enfebrecida y loba,
y arrobeme a su cuerpo repulido
como un jazminero florecido
una alimaña pérfida se arroba;
besé con beso deleitoso y sabio
su palpitante desnudez de luna
y en insaciada exploración, mi labio
bajo al umbroso edén de los edenes
mientras sus piernas me formaban una
corona de impudor sobre las sienes..

5.

CULTO DE SAFO

Bajo el cielo de Lesbos floreció tu malicia,
y en Lesbos adquiriste la afición con que eres,
en el coro festivo de las otras mujeres,
la que eróticamente las provoca e inicia…
¿Qué goce de otros mundos o qué extrema delicia
hallas en el inverso culto de tus placeres?
¿Por qué al beso del macho que fecunda,
prefieres el beso de la amiga: tu émula en la caricia?
Dichosa tú que sabes, sin manchar su blancura,
deleitarte en la núbil plenitud de sus senos
y embellecer el vicio con tu propia hermosura.
Salve a ti en el cortejo de las mujeres bellas
que ayúntanse a los hombres en connubios obscenos:
tu pecado rebelde no es el de todas ellas.

6.

DEDICATORIA

En un ejemplar de Para leer en la tarde
Gasté la ilusa juventud primera
esperando un amor que nunca vino,
y a la sombra de un árbol del camino,
me senté a ver morir la primavera.
¡Qué triste ocaso el que a mi vida espera!
pensaba ante el avance vespertino;
mas repentinamente hubo un divino
florecimiento en mi ánima: Ella era…
Eras tú que venías. Y este libro,
en el que a todos los anhelos vibro,
es mi ayer; es un parque abandonado
donde duermen en paz viejos amores.
¡Pasa cantando y deshojando flores
sobre las hojas secas del pasado!

7.

TUS MANOS

Son tersas como conchas nacarinas
que se sonrosan de carmines leves;
manos de inverosímiles relieves
que aman el fausto de las joyas finas.
Tienen candor de nieves matutinas,
candor que afrenta al de las mismas nieves,
y es tal su claridad que si las mueves
toda, con su fulgencia, te iluminas.
Son tan puras y suaves que al mirarlas
el más casto mirar puede mancharlas;
un cisne las pulió con su plumaje.
Y —rasgo eximio de elegancia suma—
las venas son cual diminuto olaje
de mar ramificándose en la espuma.

8.

TU BOCA

Escollo de buriles y pinceles,
es tu boca una vívida granada
que pide, tentadora y encarnada,
un beso audaz que la disuelva en mieles.
Cuando a la risa abandonarte sueles,
difunde en rededor tu carcajada
el grato olor a fruta sazonada
que hay en la intimidad de los vergeles.
Es abreviada gruta de frescura,
constreñido paréntesis de flores,
animado jardín en miniatura.
La besara con férvido embeleso
para sentir, muriéndome de amores,
la eternidad en lo fugaz de un beso.

9.

EL RETRATO DE LA AMADA

I

Ella es así: la frente marfileña,
a sol bruñidos los cabellos de oro,
y dichoso compendio del sonoro
brazo de un arpa la nariz risueña.
Su perfil reproduce el de fileña
concha de mar en que durmió un tesoro,
y los hombros, de helénico decoro,
son dignos de un reposo de cigüeña.
Es tan blanca, que a veces se confunde
su cuerpo con la luz. En lo que mira
una instantánea castidad infunde;
A su lado inocencia se respira,
y en conjunto feliz ella refunde
nieve, perla, ave, flor, ángel y lira.

10.

EL RETRATO DE LA AMADA

II

Ella es así; por donde pasa deja
de subyugante sencillez la nota;
cada expresión que de sus labios brota
algún móvil purísimo refleja.
Nunca turba su voz áspera queja;
nunca innoble pesar su alma denota;
donde impera la sed, ella es la gota;
donde falta el panal, ella es la abeja.
La intimidad de los jardines ama;
ingenua devoción le inspira el arte,
que en dolor sus bálsamos derrama.
Cual pan de Dios la compasión reparte;
si dicha no le doy, no la reclama;
mas si alguna le dan, tengo mi parte.

11.

REENCUENTRO

¿Qué demencia o qué racha de pecado
me impele a ti en un vértigo? Lo ignoro.
Sólo sé que te ansío, que te adoro
y que en ti el universo he comprendido.
Tu hechizante beldad brilló a mi lado
otrora y no la vi, perdí el tesoro
de tu belleza espléndida y hoy lloro
la infausta ceguedad de mi pecado.
Mejor así porque la amarga vida
lo acibaró en su cruz y al encontrarte
te siento a mí por el dolor unida.
Hago de este dolor sangre del arte
y te amo con amor cuya medida
se extiende al tiempo que dejé de amarte.

12.

NOCTURNO

Alta noche. Silencio. Soledad. Por la acera
como un fantasma cruzo con medrosas pisadas;
llovizna de noviembre, calles abandonadas,
pitos de los serenos en la sombra agorera.
No me conturba el alma ni el recuerdo siquiera;
ni inquietudes presentes, ni congojas pasadas;
sólo siento el fastidio de las vidas cansadas
y el desdén indolente del que ya nada espera.
De tal modo lo triste de la noche se aduna
al mortal desamparo de mi vida, que siento
que mi vida y la noche se fundieron en una.
Rompe el cantar de un gallo vigilante el mutismo,
y yo, como si huyera de otro ser, alimento
la ansiedad torturante de escapar de mí mismo.

13.

ELOGIO PRIMAVERAL

Estábamos a solas en el parque silente
la tarde en desmayadas medias tintas moría,
y era tal el encanto que en las cosas había
que daban como ganas de besar el ambiente.
Primavera llegaba y el retoño incipiente
—anuncio placentero de la flor— verdecía,
y el alma contagiada del milagro del día,
florecía lo mismo que el jardín renaciente.
Ella escrutaba el cielo con fijeza tan honda,
que el verdor transparente de sus ojos letales
tomó de pronto un verde sensitivo de fronda.
Yo la miré y ansioso de halagar sus antojos,
la dije ante los tiernos brotes primaverales:
—Esta vez ha empezado la estación en tus ojos.

14.

EL LUCERO FAMILIAR

De mi ventana por sutil rendija
se ve todas las noches un lucero
que, amigo velador, fiel compañero,
siempre en mi hogar su refulgencia fija.
Bajo la augusta paz que me cobija
duermen, con blando sueño placentero,
mi pequeño infanzón, como un cordero,
cual cervatilla cándida, mi hija.
El dulce cuadro familiar me arroba:
la mirada de Dios entra en la alcoba
desde el lucero que despunta a verme
velando en la quietud mi alma extasiada,
el Amor compartiendo mi almohada,
y en casta cuna el porvenir que duerme!

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