Poemas de Joseph Brodsky

Learning Tips: click on highlighted words to find their meaning and expand your vocabulary, you know, like a poet.

1.

Es una alameda con estatuas de greda endurecida
parecidas a árboles talados.
A muchas las conocía. A otras
las veo por vez primera. Por lo visto son los dioses
de los ríos y los bosques locales, centinelas del silencio,
o coágulos de ajenas evocaciones indescifrables
                            para mí.
En cuanto a las figuras femeninas, las ninfas, etc.
                             ellas
se ven inacabadas igual que pensamientos;
cada una intenta mantener
incluso aquí, en el futuro que ha llegado, la condición
                           de invitadas.
La ardilla no saltará y no atravesará los senderos.
No se escuchan los pájaros y mucho menos un automóvil:
el futuro es apenas la panacea para aquello
que tiene tendencia a repetirse.
Y sobre el cielo, esparcidos como prendas de un solterón
los nubarrones vueltos al revés
y aplanchados. Huele a coníferas
a la punzante materia de los sitios poco conocidos.
Las esculturas se yerguen en la oscuridad, las cubre de sombra
su compañía mutua, por la indiferencia
hacia ellas del paisaje circundante.
Si alguna de ellas hablara y tú
probablemente aspirarías el aire antes que estremecerte
al haber escuchado voces familiares, al haber escuchado
algo como: “el niño no es tuyo”
o “declaré contra él, pero fue por temor
y no por celos” –;los minúsculos secretos de hace veinte
años, de los corazones ciegos
poseídos por la absurda inclinación al poder
sobre sus semejantes, incapaces de darse cuenta
de la tautología. Los mejores de ellos
fueron víctimas y verdugos.
Está bien que recuerdos ajenos
se mezclen en los tuyos. Está bien que
algunas de estas figuras te parezcan
extrañas. Su presencia insinúa
otros acontecimientos, otra variante del destino
tal vez no la mejor, pero es evidente
que fue aquella que se te escapó. Esto libera
no sólo la imaginación, también a la memoria
y por mucho tiempo, si no es que para siempre. Saber,
que te engañaron, que por completo
se olvidaron de ti, o que al contrario
te odiaron desde entonces; es extremadamente
desagradable. Pero imaginarte
el centro, aunque sea de un universo sin gracia
resulta insoportable y obsceno.
      Como soy un esporádico y
posiblemente el único visitante
de estos sitios,  entonces pienso
que tengo derecho de describir sin maquillajes
lo visto. Aquí está nuestra pequeña Valhalla,
nuestra propiedad completamente abandonada
al tiempo, con un puñado de almas muertas
con campos donde una hoz filosa
no se sentirá a sus anchas
y donde los copos de nieve lentamente giran en círculos
como ejemplo de comportamiento en el vacío.
 Aquella tarde junto a nuestro fuego
apareció un corcel negro.
Nunca vi nada más negro,
como de carbón eran sus patas.
Era negro como la noche o el vacío.
Era negro desde la crin hasta la cola
pero de otra manera era negro
su lomo que no conocía la montura.
Estaba inmóvil como si durmiera.
Sus cascos negros infundían miedo.
Era negro y no sentía las sombras.
Tan negro que nada lo sobrepasaba
tan negro como tiniebla de medianoche.
Tan negro como una aguja dentro de sí.
Tan negro como los árboles dentro del horizonte,
como el lugar de las costillas en el pecho
como un hueco en la tierra, como un grano.
Yo imaginaba que así de negro era nuestro interior.
Pero de todos modos se iba haciendo más oscuro.
Era apenas la medianoche en el reloj.
No se adelantaba un paso hasta nosotros.
En sus fauces había una tiniebla sin fondo.
Su lomo apenas sí era visible.
Y no quedaba una mancha luminosa
sus ojos resplandecían como una afrenta.
Y eran más terribles sus pupilas.
Como si fuera el negativo de alguien.
¿Por qué detuvo su carrera?
¿Y se quedó con nosotros hasta la madrugada?
¿Por qué no se separó de la hoguera?
¿Por qué respiraba un aire de tinieblas?
¿Para qué despedían sus ojos una oscuridad tan espesa?
Él acechaba a un jinete entre nosotros. 

2.

Y no importa que un vacío empiece a abrirse de entre tus sentires, que tras la gris tristeza crepite el miedo y, digamos, un foso de furor. Porque en la era atómica, cuando tiembla hasta la roca, podremos sólo salvar los muros del hogar, los corazones, fundiéndolos con fuerza igual y nexo semejante a la muerte que los viene a acechar. Y temblarás al escuchar decir: «Querido».

3.

Si te estuvieras ahogando, acudiría a salvarte,
a taparte con mi manta y a ofrecerte té caliente.
Si yo fuera comisario, te arrestaría y te
encerraría en una celda con la llave echada.
Si fueras un pájaro, grabaría un disco
y escucharía toda la noche tu trino agudo.
Si yo fuera sargento, tú serías mi recluta
y, chico, te aseguro que te encantaría la instrucción.
Si fueras china, aprendería tu idioma, quemaría
mucho incienso, llevaría tu ropa rara.
Si fueras un espejo, asaltaría el baño de las señoras,
te daría mi lápiz rojo de labios y te soplaría la nariz.
Si te gustaran los volcanes, yo sería lava
en constante erupción desde mi oculto origen.
Y si fueras mi esposa, yo sería tu amante,
porque la Iglesia está firmemente en contra del divorcio.
Yo no era más que aquello que tú con la mano acariciabas, allí donde en noche de pavor, cerrada, la frente reclinabas.

4.

No hay sólo andar, también silencio, en tu reloj, que además ignora el caminar en círculo. Así en su caja hay gato y hay ratón, nacidos, se diría, el uno para el otro. Tiemblan, escarban, yerran en qué día están, mas sus roer, enredos y trajín constantes apenas se aprecian en un hogar del campo, que suele cobijar cientos de seres vivos. Allí en la razón cada hora se borra y los rostros etéreos de los años perdidos se escapan -más aún si se acerca el invierno, que llena el zaguán de cabras, gallinas, carneros.

5.

Elegía a Leningrado

I

Quisiera vivir en una ciudad donde el río
surge debajo del puente, como una mano de la manga
que desembocara en el golfo abriendo los dedos
igual que Chopin quien jamás mostró su puño a nadie.
En una ciudad así, habría una ópera en la que un viejo tenor
puntualmente cantaría en las tardes el aria de María;
en la que el tirano aplaudiría desde su palco y yo
en la platea, entre dientes murmuraría con odio :“animal”.
Habría en esa ciudad un yatch club y un equipo de fútbol.
La ausencia de humo en las chimeneas de las fábricas
sería señal de que es domingo.
Yo uniría mi voz al aullido general,
allá donde el pie continúa lo que empezó la cabeza.
De todas las reglas del código de Hamurabi
el penalti y el corner son las más importantes.
 
 II
 
Habría en la ciudad una biblioteca y en sus salas desiertas
repasaría páginas de libros, con tal número de comas
como la diaria cantidad callejera de palabras obscenas
que no penetran los versos ni mucho menos los periódicos.
Podría ver la enorme estación destrozada por la guerra,
con una fachada más hermosa que el mundo afuera.
En esa ciudad, al ver una palma verde en la vitrina
de la agencia de viajes,
se despertaría el mono latente en mi interior
y, cuando el invierno envolviera al barrio
con su áspero lienzo blanco,
me aburriría en el museo Hermitage, donde cada óleo,
sobre todo los de Ingres y David,
semejarían una mancha entrañable sobre la pared.
En los crepúsculos espiaría desde la ventana
a las hordas de automóviles bramando y pasando
al lado de las esbeltas columnas desnudas
que muestran su peinado dórico, impasibles
desde la blancura del frontispicio del tribunal.
 
 III

Estaría allí en aquel café donde venden deliciosos helados,
y cuando alguien comentara, qué necesidad hay del siglo XX
si ya tuvimos al diecinueve, vería como las miradas de los colegas
por un momento se detendrían en el tenedor o el cuchillo.
Debería verse allá, cierta calle con dos hileras de árboles,
el portal con el torso de la ninfa y otros embelecos
y habría en la sala un retrato que mostraría
cual fue el aspecto de la anfitriona en su juventud.
Escucharía atento a la voz que iría relatando
asuntos sin ninguna relación con la cena,
a la luz de los candelabros.
El fuego en la chimenea proyectaría
destellos y sombras violetas sobre el traje verde.
Pero al final se apagaría.
El tiempo que pasa a diferencia del agua
es horizontal de martes a miércoles,
allá en la penumbra suavizaría las arrugas
y desvanecería las propias huellas.

IV

En esa ciudad existirían monumentos, reconocería los nombres,
no sólo de los jinetes de bronce que estamparon sus plantas
en los estribos de la historia, imponiéndolas a otros cuadrúpedos,
vería sus marcas impresas en los habitantes de la ciudad.
Con el cigarrillo pegado de los labios regresaría
a mi casa por las calles a media noche, como un gitano
adivinaría la suerte en las grietas del asfalto
y en las palmas de la mano extendida.
Y cuando al final me detuvieran acusado de espionaje,
actividad subversiva, vagabundeo y menage à trois
rodeado por la horda que apuntaría con los dedos,
gritando enfurecida: -¡no es de los nuestros!-
íntimamente feliz, me diría en silencio
mira, es tu oportunidad de saber como se ve desde adentro
aquello que por mucho tiempo viste desde fuera;
no olvides los detalles cuando grites “¡Vive la Patrie!

6.

Mi verso mudo, mi callado verso pero aciago -mal le pesen las riendas-, ¿a dónde de este yugo iremos a quejamos y a quién decir la vida que llevamos? Por mucho que, pasadas ya las doce, buscando detrás de la cortina, con cerillas, el ojo de la luna, expulses de los restos de tu mueca opaca con la mano, en la mesa, de la locura el polvo. Por mucho que embadurnes este engrudo escrito más denso que la miel, ¿con quién quebrar en la rodilla, o en el codo al menos, una vez más, el trozo ya cortado, mi callado verso?

7.

Cuando la nieve cubre el mar y el crujir del pino deja en el aire más honda huella que el trineo, ¿a qué azul pueden llegar los ojos?, ¿a qué silencio puede caer la voz desamparada? Perdido de vista, ignorado, el mundo exterior ajusta cuentas con la cara, como con un rehén de Mameluco. …así en el fondo del océano fosforescea el calamar, así el silencio se embebe de la entera rapidez del sonido, así ya basta una cerilla para poner el fogón al rojo, así, tras el latir del corazón, el reloj de pared, al detenerse en éste, seguirá andando en el otro extremo de la mar.

8.

Yo no era más que aquello que tú distinguías allá, abajo: primero, solamente imagen vaga, mucho después, también los rasgos.

Tú fuiste quien, ardiendo, creaste en un susurro las conchas de mi oído, el diestro y el siniestro.

Tú quien, meciendo la cortina en el mojado cuenco de la boca, me plantaste la voz que te llamaba a gritos.

Yo estaba ciego, simplemente. Y tú, escondida, brotando, me obsequiabas el don de ver. Así es como se deja rastro.

Así es como se engendran mundos. Así, a menudo, tras crearlos, los dejan dando vueltas los dones dilapidando.

Así, ora al fuego lanzado, ora al frío, ya a la luz, ya a lo oscuro, perdido en la creación del mundo, el globo va girando.

9.

Ahora que sé tanto de mi vida,
de las ciudades, de las prisiones y de las habitaciones
donde perdía la razón, sin volverme loco.
acerca de los mares en los que
me ahogaba y sobre aquellos
a quienes al final no retuve entre mis brazos,…
Ahora hubieses podido decir, suspirando:
“La suerte fue generosa con él”
y los sentados junto a la mesa
asentirían en silencio.
Cómo saberlo, es posible que tengas razón,
haz  de agregar a mis otras virtudes: la presbicia.
Entonces, hace tantos años cuando jugábamos
en la acera cerca de la sala de cine
¿quién hubiera podido imaginar la distancia
que habría de abrirse,
más insalvable que la que queda
entre la cara o el sello de la moneda?
Nadie. El trivial gesto de despedida
con las manos, al final de la calle
se convirtió en primer signo de la ausencia:
por estas tierras forasteras el aire
recuerda con mucha frecuencia a una hoja de papel.
Y la lluvia arroja una sombra sobre las huellas.
Quién sabe, es posible que ahora
cuando escribo estas líneas, sentado
en una pequeña ciudad de ladrillos
en el centro de Norteamérica, tú camines
a lo largo de un edificio color mostaza
entre cuyas húmedas paredes
se consume una generación más
apretujándose en la mancha frambuesa,
gris y parda de un hemisferio clandestino.
En resumen: no pasó lo peor.
Lo peor sucede solamente
en las novelas y a los que son mejores que nosotros,
tanto, que los pierdes en el momento de verlos
y los ecos de sus tragedias
se confunden con el canto del huso.
Como el sonido de un aeroplano distante
con el zumbido de una abeja atrapada entre los pétalos.
Y no habremos de vernos, porque
físicamente hemos cambiado tanto.
De habernos encontrado, no seríamos nosotros,
sino aquello que hicieron con nuestra carne
los años que sólo tuvieron compasión de nuestros huesos,
y el perro no reconocería al recién llegado
ni por el olor ni por la cicatriz.
¿Dices que ha sido generosa la vida? Ah… sí,
las olas del mar son generosas con los troncos.
Pues bien, quien no se lamenta por la suerte
no es digno de ella. Pero si el tiempo
reconoce al final sus trabajos
en la nebulosidad de los recuerdos,
entonces, pienso que tu rostro
puede adornar perfectamente
un monumento de bronce, o en el fondo del bolsillo
servir de relieve para una moneda sin gastar.

10.

Cantares de estos tiempos

El hombre va a las ruinas una y otra vez,
él estuvo aquí ayer y anteayer
y regresará mañana,
las ruinas lo atraen.
Él habla:
Poco a poco,
poco a poco aprenderás tantas cosas, muchas,
aprenderás a elegir en el montón de escombros
un reloj despertador y los lomos quemados de los albumes,
te acostumbrarás
a llegar por estos lados cada día,
te acostumbrarás a saber que las ruinas existen,
convivirás con este pensamiento.
A veces da la impresión y esto es necesario:
a veces da la impresión que lo aprendiste todo,
y hablas ahora sin esfuerzo
en la calle con un niño desconocido
y lo explicas todo. Esto también es necesario.
El hombre regresa a las ruinas,
  cuando desea amar otra vez,
  cuando da cuerda a su despertador.

A las personas normales jamás nos pasaría por la cabeza, que uno pueda volver a casa y hallar ruinas donde estaba el hogar: No podemos imaginar que sea posible perder los brazos y las piernas en un accidente del tren o del tranvía: Nos enteramos de todo esto… ¡Gracias a Dios!… a través de penosos rumores, pero es este el porcentaje convenido de infelicidad, esta es la rosa  de las desgracias.    

El hombre llega a las ruinas otra vez,
   por largo tiempo escarba con un palo entre
   los mohosos cortinajes y los escombros,
   se inclina, se levanta y mira.

Alguien construye las casas,

alguien las destruirá, alguien las levantará otra vez, la profusión de ciudades a todos nos infunde optimismo. El hombre de entre las ruinas alzó algo y se quedó contemplando. Seres así no tienen la costumbre de llorar. Inclusive convidados… gracias a Dios, a las casas de sus conocidos, miran las fotos de los álbumes y dicen con reproche: “En los tiempos que corren, no vale la pena guardar fotografías”

Se pueden levantar muchas edificaciones que serán destruidas igualmente y erigirlas de nuevo.

Nada hay más terrible que las ruinas del corazón,
  nada hay más sobrecogedor que las ruinas,
  sobre las que cae la lluvia y al lado de las que pasan
los automóviles último modelo,
por las que deambulan como fantasmas
personas con el corazón destrozado y niños con boinas,
  no hay nada más terrible que las ruinas
que dejan de parecer una metáfora
y son lo que alguna vez fueron:
la casa.

11.

Vuelta a casa

Vuelves a casa.
¿Habrá alguien que aún te necesite que quiera todavía tenerte como amigo?
Estás en casa, has comprado vino dulce para beber en la cena
y, poco a poco, casi desde la ventana vas viendo cómo eres el único culpable: el único. Está bien. Gracias Dios mío.
O debería decir quizás: Gracias por los favores recibidos.
Está bien que no haya otro a quien culpar,
está bien que estés libre de todo vínculo,
está bien que en este mundo no haya nadie que se sienta obligado a amarte.
Está bien que nunca se te tome del brazo y te vean en la puerta en una tarde oscura, está bien caminar, solo, en este vasto mundo hacia casa, desde la tumultuosa estación del metro.
Está bien que te esculques mientras corres a casa
murmurando una frase algo menos que cándida;
enterándote, de repente, que tu alma es muy lenta para saber lo que ha estado pasando.

12.

El nuevo inquilino

El inquilino encuentra extraña su nueva casa.
Sus miradas son rápidas sobre los extraños objetos cuyas sombras se acomodan difícilmente a él, como si sufrieran al hacerlo.
Pero esta casa no puede permanecer vacía.
La solitaria cerradura -parece poco amable- tarda en reconocer el tacto del nuevo inquilino y ofrece cierta resistencia en la oscuridad.
El nuevo inquilino no es como el otro que trajo una docena de calzoncillos y una mesa pensando que nunca se iría de aquí y al fin lo hizo: lo fatal tenía que llegar.
No hay nada, como se ve, que los haga parecerse: ni apariencia, ni carácter, ni trauma psíquico.
Solo eso que conocemos como “un hogar” es lo que tienen en común.

13.

El fuego como oyes

El fuego, como oyes, está apagándose.
Las sombras en las esquinas han estado moviéndose.
Es muy tarde para lanzarles un puñetazo o gritarles que acaben de una vez.
Esta tropa no escucha órdenes.
Ahora se ha juntado por rangos y formas en un círculo.
En silencio avanza por los muros y estoy, de pronto, en ese muerto centro.
Los estallidos de la noche, como negras preguntas marcadas son altas y firmes montañas, altas y firmes.
La oscuridad viene más densa desde arriba tragándose mi barba, y desmenuzando el papel blanco.
Las manecillas del reloj han desaparecido, no puedo verlas ni oírlas.
Me queda sólo un punto brillante en mi ojo, estos ojos que ahora veo fríos y sin movimiento.
El fuego ha muerto. Como puedes oír, está muerto.
El humo amargo gira adhiriéndose en el cielo raso.
Pero este punto brillante ha quedado en mi ojo o quizá se ha quedado en la oscuridad.

14.

Adiós enero

El mes de enero ha pasado volando a través de la ventana de la prisión. En las galerías he oído el canto de los condenados: “uno de nuestros hermanos ha recobrado su libertad”.
Aún puedes oír el susurro de sus palabras,
el eco de las pisadas de los que protegen el silencio. Pero cantas todavía, para ti cantas silencioso: “Adiós enero”.
A grandes sorbos,
frente a la luz de la ventana bebes el aire cálido.
Deambulas otra vez,
te hundes en tus pensamientos en hondos pasillos
desde el último interrogatorio hasta el próximo,
hacia esa lejana tierra
donde marzo ni febrero existen.

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *


The reCAPTCHA verification period has expired. Please reload the page.