Poemas de Jose Barroeta

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1.

Del libro Elegías y olvidos
CUERPO PRESENTE
A Manuel Caballero.

Que Dios y los hombres
celebren el trago de la belleza.
Que Dios ame las cenizas
de
HANNI OSSOTT.
Que los pájaros aten y dispersen
y una gran tarde llueva.
Roguemos por el lugar antiguo
de sus hojas y de sus ojos
por las espigas
por las rosas góticas de Hanni
por el insomnio de sus poemas
por el vivo oráculo del ataúd.

2.

Del libro Todos han muerto
SENOS

Tus senos locos
como el descubrimiento de América.
Bienaventurados como la Pinta, la Niña
y la Santa María.
Tus dos senos hechos de láminas de barcos
y de hélices en vibración.
Hermosos como la conquista del espacio.

3.

Del libro Elegía y Olvidos
BOCETOS
A Luis Camilo Guevara

Vengo con todos los hierros
del pasado
a iluminar el valle de mis muertos.
Donde sonaron esperanzas
mi vieja casa
polvo y lejanía
cierra sus puertas a mi padre. El mundo en la copa de los árboles
remotos y verdes
guarda la memoria del cielo.
Mis cuerpos familiares
montan a caballo bajo tierra
atropellan rebaños, portales, sembradíos.
Cabalgan epitafios.

Regreso con todos los hierros
al punto de partida.
Tu pueblo y mi pueblo
una lápida.

4.

Del libro Arte de anochecer
JUEGO DE ROSAS

Eres la que confundes.
De quien dijimos
mientras vaciábamos y volvíamos a llenar las botellas.
Tú eras total. En aquella ronda de noches
y días interminables
todos llevábamos una mujer como tú,
hecha de adolescencia y de paisaje,
perdida para siempre,
desaparecida y posesiva.

5.

Del libro Todos han muerto
COMPLICIDAD

Es mejor destruir el pasado
que no quede imagen
que no haya siluetas
y seamos tú o yo fuera de todo círculo.
Que exista sólo una maniobra
una razón que nos parta
una multitud que nos reproche
sin sabernos los escogidos.
Que la pasión se borre girando
y no sepa de su derrota.
Que no exista una queja
o una bóveda acallando tu cuerpo.

6.

Amapola

Cuando me encuentre con el sucio otoño y el paño primaveral.
Cuando estés tú desnuda sobre los cráneos que amaron y los fervientes estemos muertos,
y las hojas sean mías sobre esa colina. Oh, amapola.
Cuando mi alma atraviese la Estigia y mi memoria teja ruidos en el vacío.
Cuando tú y yo amapola
conozcamos a Vivaldi y a Enrique Ibsen. Y yo duerma sobre ti y tú sobre mí. Oh, amapola,
Oh dulce y bella flor mía.

7.

Una Rusa
Una rusa

A Luis Camilo Guevara y Víctor Valera Mora

Tania Voroshilov
es la rusa a quien hablo soñando.
El oso de sus pies me seduce y vuélvese nieve
todo el amor.
Todo ha sido soñar y recorrer con ella
la estepa,
todo ha sido echarme en las flautas
de su cabeza.
Todo el cuerpo de Tania Voroshilov lo he conseguido
soñando.
Al apagar la luz de mi cuarto ya la tengo,
cerca de mí en Leningrado. Y en las aceras de la ciudad
que lleva el nombre del gran jefe,
Tania Voroshilov baila desnuda. Me entrega su iluminado sexo
en forma de alcohol.
Tania Voroshilov es como el nombre de mis lecturas
de los quince años. Allá en la mesa de aldea que humedece
la lluvia,
la foto del camarada Lenin se confundió entre libros
y yo esquié sobre su helada y calva cabeza, siempre tomado
de la mano de Tania Voroshilov.

8.

Oculto

A qué oficio debo someterme;
a qué luna de las siete que vuelan
sobre la cerviz de mi padre vivo
debo festejar.
Qué oro debo dar a la muerte
si no hay abismo debajo de mí
ni más arriba
sino en mí todo encerrado como en los
frutos.
Algo me oculta,
quizás la inclinación perversa de quedar
en el bosque amarillo donde me crié,
en el azul nervioso de los cerros.

9.

Fábula

Si yo pudiera ser adolescente.
Mover piedras azules en el río.
Cantar con pájaros.
Si la piedra del cielo
me diera con la cara
sobre la piedra mía
y se abriera la noche
con espantos y todo
y lloviera.

10.

El capitán

Al capitán de capa roja y bucles azules
se lo llevó muy lejos el viento del puerto.
Regresó con sus navíos colmados de sedas
y pudo sentarse cerca de su mujer y sus hijos
en el palco de toros.

Su mujer, ya vieja, no lució las bellas telas
y sólo el hijo mayor, ducho en cetrería,
las aireó en los prados.

Acompañado de su hija, todavía doncella,
hundió naves y sedas y pedrerías
y el recuerdo de sus viajes.

11.

Hechos

Recuerda el jardín. Aquellos caballos tienen flores,
un espejo irrepetible en los casos, una mudez para
el deseo y otra para las aguas.
Una humedad tuya cae a otra sombra
y son de piedra soleada los ritmos,
los hábitos de ese guardián que no ha tenido
noche.
A prisa una bahía cambia
y marcha con una rosa en busca de la ciudad
perdida,
en busca de nadie bajo el vidrio del día.

12.

Del libro Arte de anochecer
ORIGENES

Oh alba que tenías tanto pájaro.
era por tu alcohol de hojarasca el que
bebíamos.
Era por ti, ahora lo comprendo,
como llegamos desde un mismo sitio
a
la
muerte.

13.

Del libro Todos han muerto
TODOS HAN MUERTO

Todos han muerto.
La última vez que visité el pueblo
Eglé me consolaba
y estaba segura, como yo,
de que habían muerto todos.
Me acostumbré a la idea de saberlos callados
bajo la tierra.
Al comienzo me pareció duro entender
que mi abuela no trae canastos de higo
y se aburre debajo del mármol.
En el invierno
me tocaba visitar con los demás muchachos
el bosque ruinoso,
sacar pequeños peces del río
y tomar, escuchando, un buen trago.
No recuerdo con exactitud
cuándo empezaron a morir.
Asistía a las ceremonias y me gustaba
colocar flores en la tierra recién removida.
Todos han muerto.
La última vez que visité el pueblo
Eglé me esperaba
dijo que tenía ojeras de abandonado
y le sonreí con la beatitud de quien asiste
a un pueblo donde la muerte va llevándose todo.
Hace ya mucho tiempo que no voy al poblado.
No sé si Eglé siguió la tradición de morir
o aún espera.

14.

Del libro Arte de anochecer (1975) el poema homónimo
Arte de anochecer

José Barroeta
Hay un arte de anochecer.
De la entrada del cuerpo al alma,
de la niebla a la redondez
y del círculo al cielo;
hay un arte de luz,
un campo donde anochecer
es mirar la vida
con el cuerpo cerrado.
Hay un arte de anochecer,
un descenso en la entrada del día
a la completa oscuridad.
Un intermedio donde es necesario
recibir y saber todo sin estremecimiento.

Hay un arte,
un paisaje a veces amable,
a veces torvo,
donde ascenso y descenso son accesorios
de la materia limpia.
Hay un arte de anochecer.
Quien haya vivido o soñado con bosques,
luces y demonios,
lo sabe.

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