Poemas de Elizabeth Schön

(Caracas, 30 de noviembre de 1921 – íd., 16 de mayo de 2007). Poeta, dramaturga, ensayista y columnista de prensa. Estudió Filosofía en la Universidad Central de Venezuela.

Edita su primer poemario La gruta venidera en 1953. Entre sus obras publicadas destacan:El abuelo, la cesta y el mar (1965), Casi un país (1972), Es oír la vertiente (1973), Concavidad de horizontes (1986), Ropaje de cenizas (1993), Árbol de oscuro acercamiento (1994), Campo de resurrección(1994), Del río hondo aquí (2000), La granja bella de la casa (2003). Autora de seis obras de teatro: Intervalo (1956), Melisa y el yo (1958) y La aldea (1966), entre otras; y tres libros de ensayo, en torno a la obra plástica de Mercedes Pardo, María Gamundi y Elsa Gramcko. En 1971 recibió el Premio Municipal de Literatura y el Premio Nacional de Literatura en 1994 por toda su obra.

Su poesía trata sobre temas vinculados a los valores, la filosofía, la interioridad. En sus versos abundan las imágenes relacionadas con la naturaleza, convertidas en metáfora. Su dramaturgia hace énfasis en la necesidad de la presencia del otro y se vincula al teatro del absurdo.

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I.

Y el recorrido de la luz
por los cielos y lo inmenso
se te convirtió
en la espontánea exactitud de las aguas,
en la natural aparición del fruto,
en el parejo comportamiento
de las copas al domeñarlas el viento.
Y nunca te fue la luz ajena,
distante.
La llevabas en tus pupilas,
en tu canto,
en tu vuelo,
y no hubo día
en que no amanecieras con ella,
despertando junto con las brisas,
los campesinos,
las semillas,
los hombres que se habían de incorporar mientras ibas tú,
iba yo,
iba la vida,
el viento…

II.

FLOR DE ESCENA IMPRONUNCIABLE

Ni ausente ni presente.
En ninguna parte
como el pozo que abandonó su cuenca
y no recordó la soledad
como el árbol
que dejó de estar entre las raíces
la cerca del becerro
envuelto en el agua mansa de la inmovilidad.
Flor de escena impronunciable.
Crepúsculo del vacío primigenio
sin cesar.
Redonda prolongación
cuando está nadie la sospecha.

III.

¿Que es la poesía?… es una estrella…cada vez que el
poeta es traspasado por ella, toma la pluma y encuentra
el papel donde desahogar su pensamiento…el
pensamiento se parece al brillo de la estrella…nunca
está opaco para la vida…siempre, como la piedra con la
que tropezamos…el foco es la luz que se opaca y coge
al ave y sigue siendo estrella.

IV.

LA FAZ RODANTE DEL GRANO

Cuenta un cantar de la siembra que teniendo un hombre
el grano de la cosecha no supo qué hacer, marchitándosele
en indetenible oscuridad.
Sólo que otro hombre avizor y alerta, conoció el grano y
enterrándolo en el borde de su corazón y el de los pájaros,
se fue por el cielo hacia la rada donde aguardaban las multitudes.
Allí aconteció lo que había de suceder. El grano creció y
creció tanto que duplicó su faz y con ella el corazón del
hombre que supo amarlo con los pájaros y las multitudes.

V.

Para mirarla
raspamos el cielo
y se desprenden las nubes
la lluvia, la centella
lo luminoso, esférico, espacial
desde el primer instante del sol.
Ni aun así
concluye nuestra reyerta contra la inmensidad
como si a la flor
no pudiéramos arrancarla de los cielos, de la tierra
donde cabe lo que se dice de ella
nunca parecido a cuando vive
dentro del largo pasadizo del alma.

VI.

Con los dedos recogemos las raíces.
Con el alma vigilamos
lo que no descubre la mirada.
Ella ni sujeta ni carga.
Es la flor de ningún polo
desierto.
Lo desértico aumenta
si no devolvemos
los oleajes claros de la vinculación.
Si se clava el fruto en la piel
y se hincha
es que el agua nunca existió.
La flor lo supo siempre
sin saberlo como lo sabes tú
como lo sé yo.

VII.

Digo mar
resplandecen las rodelas
se alargan los alcores
mas sólo he pronunciado
aquella voz primaria
traslúcida
vibrante
con la que el hombre
se unió a la tierra y a los cielos.

VIII.

Te gustaba oler el jengibre
la hierbabuena
paladear el sabor claro del horizonte.
Si te acercabas a las raíces
buscabas aquélla que de alguna manera
te podía indicar el rumbo
de la nube que no pudiste poseer.
Y mecías las hierbas
que ya nadie recuerda
y permanecías junto a ellas
por largo tiempo
llevándote entre la lengua
el grano blanco que durante días
había nutrido las aguas de los ríos
con los atardeceres y el sol.

IX.

Decimos amor
y nos rebasa
la blancura de lo exacto.
Así el ventanal de la flor inalcanzable.
Al barco no se le llama
llega a tierra
sin ningún faro que lo alumbre.

X.

Se escribe con ribetes de sol
reminiscencias errabundas
presencias de entrañas
soplos de desiertos
restos de dinosaurios.
Se escribe con la embestida
de las cosechas de los hombres
ciudades
campos
con la luz y la sombra
yendo de una orilla
hacia la otra orilla.

XI.

El esplendor es del fuego y vibra la lejanía.
La paciencia es de la brasa y soporta el primer naciente de la raíz.
La agilidad es de la chispa y en ascenso ama al espacio, lo ilimitado.
Del Ser es Ser para el derroche complejo de lo infinito.

XII.

Te has alejado de lo solitariamente doloroso.
Has encontrado lo que se te había escapado, olvidando que cuando algo es nuestro, es nuestro y de nadie más.
Vuelco del vuelco
fuego del fuego
levantando el ser tuyo y sin saberlo.

XIII.

Estarnos cercados.
El espacio amordaza.
La altura desaparece.
Se ha perdido la inmensidad
permaneciendo un oscuro cascarón
que busca afanosamente
el borde final del cielo.

XIV.

He aquí la tempestad. Dóblase el follaje y la selva se giba como rueda de carretón. El viento tumba frutos y nidos. El rayo parte en rebanadas los grandes árboles. Escóndense los loros y los querrequerres. El trueno se confunde con el ladrido de las ramas. La oscuridad es temible, semejante al ataque del tigre hambriento. No hay rapiña ni maldad; un pájaro destrozado entrega su canto a lo eterno.

Luego, la quietud, la tranquilidad mortal del rocío. Un murciélago vuela y caen gotas sobre la hojarasca, es que alguien en la lejanía suma rubíes. La selva comienza, otra vez, a sacudir su melena de escalofríos, tumbas y, lentamente, reaparecen los millares de insectos que pululan en deseos incontrolables. La selva retorna como si la hubieran narcotizado y volviera a su encuentro, salpicada con hebras de río, tejida por los rastros de la furia de Júpiter. Casi, convaleciente, vuelve a su habitual pregón de arañazos, martillos y yunques.

Bonus track:

PARA ELIZABETH
De Ludovico Silva

Mujer, te me pareces al destino
que nos mira con firmes ojos azules
y nos invita al naufragio.
Déjame que descanse sobre tus ojos
como en una pradera infinita.
Estoy cansado. No puedo más.
Solo una soledad como la tuya
puede acabar con la mía.
Te saludo, poeta abstracta y tímida
desde aquella pequeña cesta de versos
que dejaste olvidada junto al mar.
Por ti y por tu poesía
te declaro mi amor casto y salobre.
Verdes lomas de un mundo recordado
se abren ante nosotros como mujeres.
Voy a ti, ven a mi, ven a nosotros
para que te enloquezca el hondo armonio
que suena en mis tinieblas.
¡Verdes lomas del mundo recordado!

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