Poemas de Boris Pasternak

Boris Pasternak nació el 10 de febrero de 1890 en Moscú. Fue criado en el seno de una familia culta de origen judío.

Cursó estudios en las universidades de Moscú y de Marburgo (Alemania). Estudió también música durante su juventud, aunque la abandonó para dedicarse a la poesía.

Su primer libro de poemas fue El gemelo entre las nubes (1914), al que siguieron otros como Por encima de las barreras (1917), Mi hermana, la vida (1922) y El segundo nacimiento (1932).

En sus obras se puede observar la influencia del simbolismo de finales del siglo XIX, con su énfasis en el misticismo, la estética pura y el impresionismo.

Los críticos literarios de tendencia comunista le criticaron que su poesía no seguía la línea establecida por el realismo socialista, esta fue la causa que hizo que después de 1932 tan solo pudiera publicar dos colecciones de poemas, En trenes de la mañana (1943) y La vastedad terrestre (1945).

Las editoriales soviéticas rechazaron su única novela, Doctor Zhivago, porque en ella se establecía una crítica al comunismo en su país. Se publicó por primera vez en 1957 en Italia, y tuvo tal acogida que se editó inmediatamente en 18 idiomas; David Lean la adaptó al cine en 1965. Le otorgaron el Premio Nobel en 1958, pero fue denunciado como traidor por asociaciones comunistas soviéticos, por lo cual anunció públicamente su voluntad de no partir al exilio y su rechazo del premio. Otros de sus trabajos son la autobiografía Salvoconducto (1931) y, en 1957, un libro de memorias.

Boris Pasternak falleció de un cáncer de pulmón, el 30 de mayo de 1960, en Peredelkino, cerca de Moscú.

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1.

A un amigo

¿Acaso yo no sé que hundida en las tinieblas,
jamás a la luz llegaría, la ignorancia,
y que soy un monstruo, y que la dicha de cien mil
no me toca más que la falsa felicidad de cien?

¿Y acaso yo no me ligo al quinquenio Período de cinco años ,
no me caigo y levanto con él?
Pero, ¿qué voy a hacer con mi caja torácica Perteneciente o relativo al tórax ,
y con lo que es más rutinario que toda rutina?

No está bien que en los días del gran consejo,
en el que las plazas se han dado a la pasión suprema,
se deje la vacante del poeta:
ésta es peligrosa, si no está vacía.

2.

Definición de la labor creadora

Abierto el cuello de la camisa,
peludo como el torso de Beethoven,
recubre con su mano,
cual tablero de damas,
el sueño, la conciencia,
la noche y el amor.

Y una dama negra
-como loca de dolor prepara al mundo
para la representación,
cual guerrero a caballo
sobre simples peones.

Y en el jardín,
donde de la cueva,
del hielo,
las estrellas se asombran fragantes,
cual feliz ruiseñor,
sobre el cuerpo de Isolda
feneció Poner fin a algo, concluirlo la frialdad de Tristán.

Los jardines, estanques y vallas,
todo el gran Universo
de gritos de albura Blancura perfecta ,
no son otra cosa que descargas
de la pasión acumulada
por el humano corazón.

3.

Distracciones con la amada

Por cimbreante Flexible ramita aromada,
absorbiendo en tinieblas su néctar,
de un cáliz a otro corría
la humedad de alocada tormenta.

Deslizándose de uno a otro cáliz,
dejó en ellos, muy nítida,
una gota, enorme, cual ágata,
reluciente, colgante y tímida.

Nada importa que el viento,
que azota el arbusto,
esa gota torture y aplaste.
Queda entera, no rompe,
y quedan dos más
que se besan y beben.

Y se ríen, e intentan soltarse,
mas se yerguen Levantar y poner derecho a alguien o algo, especialmente el cuello o la cabeza , y quedan como antes.
No caerán esas gotas del cáliz,
no podrán separarse por nada.

4.

Epílogo

Amiga mía, ¿tú preguntas
quién ordena que arda el
habla del inválido?

Vamos a soltar las palabras
como un jardín, cuál ámbar y monda:
con distracción y generosamente,
apenas, apenas, apenas.

No hay que mencionar
porqué con tanta ceremonia
la rubia y el limón
han salpicado las hojas.

Ni a quién lloró en las púas
y por las varas se metió
en las notas, hacia el estante
a través de las persianas.

Ni a quien manchó con serbas Fruto del serbal, con forma de pera pequeña, de color encarnado que participa de amarillo, y comestible después de madurar entre paja o colgado
la alfombra, tras la puerta,
y al lado, palpitantes,
las letras en cursiva.

¿Preguntas quién ordena
que agosto sea largo,
para quién nada es pequeño,
y quién da el acabado
a las hojas del arce
y desde los días del Eclesiastés
no ha abandonado su puesto
labrando el alabastro?

¿Preguntas quién ordena
que los labios de los asteres Género de plantas de la familia de las compuestas, generalmente vivaces, con hojas alternas, sencillas, y flores con cabezuelas solitarias reunidas en panoja o corimbo. y lirios
de septiembre sufran?
¿Que la hojita del sauce,
de las cariátides Estatua de mujer con traje talar, que hace función de columna canosas
haya volado
a la humedad de las losas
de otoñales hospitales?

¿Preguntas quién lo ordena?:
El Dios Omnipotente del amor,
el de los Yagáilov y las Yadvigas Yagailo y Yadviga: Gran Duque de Lituania y Reina de Polonia, cuyo matrimonio dio comienzo a la unidad polaco-lituana (1386-1572) .

No sé si habrá sido resuelto el enigma de la nada de ultratumba, pero la vida es minuciosa como el silencio otoñal.

5.

Epílogo II

No, no soy yo quien le ha hecho estar triste.
Yo no merecía el olvido de mi patria.
Era el sol el que ardía en las gotas de tinta,
como en racimos de grosella Fruto del grosellero, que es una uva o baya globosa de color rojo, blanco o negro, jugosa y de sabor agridulce muy grato polvorienta.

Y en la sangre de mis cartas y pensares
apareció la cochinilla.
Esta Púrpura del gusano es de mí independiente.
No, no soy yo quien le ha hecho estar triste.

Fue la noche que se hizo del polvo y, ardiente,
a ella besaba, ahogada en el ocre Mineral de óxido de hierro hidratado, de color amarillo, frecuentemente mezclado con arcilla, que sirve como mena de hierro y se emplea en pintura , cual polen.
Eran las sombras, palpándole el pulso.
Era ella que, saliendo del seto,
a los campos les daba la cara
y ardía, flotando por el aceite de las cancillas,
cubiertas de penumbra, ceniza y amapolas.

Fue el verano todo, que ardiendo en los marbetes
por los estanques,
igual que equipaje que el sol salpicara,
el pecho del sirgador selló con lacre Pasta sólida, compuesta de goma laca y trementina con añadidura de bermellón o de otro color, que se emplea derretido en cerrar y sellar cartas y en otros usos análogos.
y quemó sus vestidos y sombreros.

Fueron sus pestañas las pegadas por la claridad,
fue el disco asalvajado,
que, después de rascarse en la valla los cuernos,
destrozaba la empalizada pegando cornadas.

Fue el oeste, que volando a su voz cual carbunclo
y zumbando, se apagó en media hora,
derramando la púrpura del frambueso y los tagetes.
no, no soy yo quien le ha hecho estar triste.

6.

Festines

Bebo la amargura de los nardos,
la amargura de cielos otoñales,
y en ellos el chorro ardiente de tus traiciones.
Bebo la amargura de las tardes, las noches,
y las multitudes,
la estrofa llorosa de inmensa amargura.

La sensatez de engendros de talleres no sufrimos.
Hostiles somos hoy al pan seguro.
Inquieta el viento aquel de los coperos brindis,
que, muy posiblemente, jamás se cumplirán.

Heredamiento y muerte son comensales nuestros.
Y en la serena aurora, los picos de los árboles llamean.
En la galletera, cual ratón, rebusca un anapesto En la poesía griega y latina, pie compuesto de tres sílabas; las dos primeras, breves, y la otra, larga ,
y Cenicienta cambia con premura de vestido.

Suelos barridos, en el mantel… ni una migaja.
El verso es sereno cual beso infantil.
Y corre Cenicienta, en su coche si hay suerte,
y cuando no hay ni blanca, con sus piernas también.

7.

Fin

¿Fue todo realidad? ¿Es hora de paseos?
Es mejor dormir eternamente, dormir, dormir,
y no ver sueño alguno.

Otra vez la calle. Otra vez la cortina de tul.
Otra vez, cada noche, la estepa, el almiar, los lamentos,
ahora, y en adelante.

Las hojas en septiembre, con asma en cada átomo,
ven en sueños silencios y sombras. De pronto despierta el verbel
la carrera de un perro.

Espera que se tiendan. De pronto aparece un gigante,
y otro. Unos pasos. «Aquí hay un tornillo».
Un silbido y una voz: «¡Espera!»

¡Si él, literalmente, hundía, desmoronaba el camino
con nuestro paso! El hasta el suelo
torturaba contigo.

Otoño. Baja un abalorio Objeto de adorno vistoso y generalmente de poco valor de amarillo azulado.
¡Ay, como tú, podredumbre, he de morir!
¡Qué cansado de vivir estoy!

¡Oh! A destiempo la noche nos inciensa Dirigir con el incensario el humo del incienso hacia alguien o algo con las maniobras
de las locomotoras; cuado llueve cada hoja se quiere
marchar a la estepa, como aquéllas.

!Las ventanas me hacen escenas. ¡Pero es en vano!
La puerta salta de los goznes cuando el hielo
le besa los codos.

Preséntame a alguno de los ahítos,
como ellos, por la cosecha de los campos del sur,
solares y herrumbre.

¡Pero con la dentera, el pasmo, los terrones
en la garganta, con la tristeza de tantas palabras
te cansas de tener amistad!

8.

Fragmentos del poema

(dos fragmentos)

I

Yo he amado también, y el aliento
del insomnio, temprano, temprano,
desde el parque bajaba al barranco,
y en tinieblas,
salía en volandas hacia un archipiélago
de calveros cubiertos de niebla felpuda Tejido en forma de felpa ,
de menta, de ajenjo y codornices.
Y allí acrecentaba su peso el amor,
me embriagaba cual ala que toca el disparo,
caía en el aire, temblaba de fiebre,
y como el rocío cubría los campos.

Allí me encontraba la aurora. Hasta las dos
brillaban riquezas del cielo infinito.
Los gallos, entonces, temían las sombras.
Trataban de ocultar sus temores,
mas de sus gargantas salían bombas de fogueo,
y el espanto les daba una voz de falsete.
Se apagaban las constelaciones. Como hecho de encargo,
por el claro asomaba un pastor
con cara de apagaluces de saltones ojos.

Yo he amado también. Y ella, por ahora,
quizás viva aún. Pasará algún tiempo,
y algo grande, cual otoño, un día
(tal vez no mañana, más tarde,
cuando sea)
se encenderá sobre la vida como un resplandor,
apiadándose de la espesura. De la luz de los charcos,
que se mueren de sed como ranas. Del temblor leporino
de los prados, cuya oreja recubre la estera
de hojarasca del año anterior. Del ruido,
que semeja un falso oleaje de vida pasada.
Yo he amado también, y lo sé: lo mismo que campos mojados
vemos siempre al comienzo del año,
cada pecho mantiene en su fondo
un febril amor a mundos nuevos.

Yo he amado también, y ella aún vive.
y lo mismo, patinando en tempranos comienzos,
permanecen los tiempos,
y se esfuman detrás del instante.
Esta linde es hoy, como antes, muy fina.
Como antes,
el pasado remoto parece reciente.
Como antes,
apartado de los testimonios,
enloquece el ayer, simulando ignorar
que no es ya nuestra casa de hogaño.
¿Es esto Posible? ¿Es decir, que, en efecto,
el amor no es durable, sino que se aleja
durante toda la vida
cual tributo de asombro al instane?
1916, 1928

II

Dormía. Aquella noche velaba mi espíritu.
Sonó un golpe. La luz se encendió.
La ventana anunciaba tormenta.
La abrí como estaba, a medio vestir.

Así es como nieva. Así murmuran los copos.
Así balbucean las bocas de signos.
Allí está el original;
aquí, la palidez de la copia.
Allí está todo en sangre;
aquí no hay sangre alguna.

Allí, iluminado, cual difunto,
por débil luz del ventanal,
limpia el aféizar con las lilas
-el frío croquis de un glaciar.

En noche ginebrina el Sur entreteje,
como en trenza de mujer meridional,
brillos de algarrobas y de albaricoques,
orquestas y barcas, y risas de olas.

Y, cual revolviendo castañas,
echa en braseros con el cogedor
bebidas de hombres,
y de las mujeres,
jarabe con luz y calor.

De cada luz llega una plática.
Y arriba, ahogándose, el olmo
el lienzo hace temblar de la marquesa
y pinta con sus ramas en la gasa.

Tú mira, ¡qué fiebre en los Alpes!
¡Qué fiel a la patria es cada paso!
¡Oh, sé bella, por favor!
¡Oh, por favor, en cada caso!

Con tu belleza matadora,
cien veces bella, más y más,
tú siempre, siempre, a todas horas,
de frialdad fundida estás.

Pues, atropina y belladona
tomando, triste, alguna vez,
igual que tú, miraré frío,
e igual que tú, «sufre» diré.

1916

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